Vienen a leer Laura Galarza, de nosotros lee Yair, Yair Magrino, Juanjo Burzi, adelantando algo de su próximo libro, y como invitado especial Jorge Consiglio, autor de un libro de cuentos, que es de los que más me impresionaron en el último tiempo, El otro lado.
Los espero!
martes, 31 de agosto de 2010
martes, 4 de mayo de 2010
Texto presentación de Los refugios
Los refugios (presentación de la colección “Sólo cuentos” de la Edulp)
Me gusta pensar que soy el primer lector de lo que escribo. Ese primer lector que creo ser es el que ha sugerido Los refugios como título para este libro. Yo comparto la idea de que el título de un libro, entre otras cosas posibles, es una marca de lectura que propone el autor. Este título, Los refugios, surgió hacia el final del proceso de escritura de estos cuentos, como un producto anticipado quizá, de una lectura que iba reuniendo, agrupando algunos relatos y desechando otros. Fue el título del libro el que imaginó su unidad e hizo que algunos cuentos ya escritos quedaran afuera, y que otros, más recientes, llegaran a incluirse. El cuento más viejo de este libro tiene siete años, el cuento más nuevo, tres meses.
Mi manera de escribir me hace privilegiar la escritura y no la trama. Nunca pienso en argumentos. Creo que lo que escribo son impresiones, imágenes, situaciones que al generarse ya traen una forma y sobre todo un narrador. Es ese narrador quien después va desplegando lo que sabe, va contando lo que sabe o imagina, lo que ve y siente, lo que percibe, hasta que simplemente no sabe más, y entonces deja de contar.
En ninguno de mis cuentos yo pude saber o tener escrito el final desde el comienzo (sé que la mayoría de los cuentistas, por el contrario, sí lo saben (Borges, por ejemplo, sugería eso: saber el comienzo y el final, e ir hilvanando después el nudo, el conflicto). Por eso supongo que mi manera de escribir cuentos, quizá incluso mi manera de escribir en general, se asemeja más al modelo de la poesía, entendiendo a la escritura poética como la definió Zelarayán hace algunas décadas: “La mayor tensión de lenguaje en un tiempo determinado”. Yo trato de escribir esa tensión, escribo una tensión que, por supuesto, no domino ni tampoco sé impedir o generar; y los cuentos concluyen, si es que el efecto se ha logrado, haciendo cesar la escritura, cuando también se apaga aquella tensión. Creo que por eso sólo escribo comienzos. Largos comienzos, a veces. Comienzos que voy agotando frase tras frase, oración tras oración. Como aquellas impresiones que uno debe contar una y otra vez para poder gastar la emoción, yo necesito escribir el tiempo necesario, las páginas necesarias, para digerir una primera frase (o sólo un nombre, un título) que se me ocurre incandescente.
No puedo decir que escriba sobre o acerca de nada en particular. Quisiera pensar en cambio, que sí hay un mismo tono, un clima recurrente que hasta ahora, sólo para mí, suelo caracterizar de realismo gótico. Lo que escribo tiene elementos realistas, políticos, pero tiene también elementos góticos.
A partir del surgimiento del título hubo dos aforismos que, como si fuesen escoltas, se pusieron de pie, respondiendo a quién sabe qué clase de llamado. Uno es de Pascal, y dice: “el Yo es aborrecible”. El otro es de Sartre, de su obra más conocida, y dice “El infierno son los demás”. Al encuentro, al cruce de Los refugios, salieron entonces estas dos frases, tan lúcidas como recargadas de énfasis. Mi aproximación es casi una obviedad: quizá entre lo aborrecible del Yo y lo infernal de los otros, exista un lugar para guarecerse, para permanecer y salvar la intemperie. Si es así, lo cierto es que estos personajes y narradores saben encontrar sus refugios en las cosas más diversas: en la lluvia, en el recuerdo, en un crimen, en una mujer, en un auto, en un hotel, en un sueño, en el cine, etc..
Por último, también recordé, una vez fijado el título, cuando siendo muy chico, mi padre me llevaba a entrenar al Parque de Lomas (yo jugaba al fútbol entonces). Recuerdo que íbamos después del mediodía por un camino rancio del sur, y que pasábamos frente a un hotel, un chalet de dos plantas, grande, pretencioso y anticuado, y siempre con las persianas bajas. Sólo tiempo después comprendí que era un hotel alojamiento. El lugar se llamaba así: Mi refugio. También por eso, creo, por ser mi padre, un tan genuino como fallido refugio para mí, este libro se lo dediqué a su memoria. A la memoria de mi padre.
Me gusta pensar que soy el primer lector de lo que escribo. Ese primer lector que creo ser es el que ha sugerido Los refugios como título para este libro. Yo comparto la idea de que el título de un libro, entre otras cosas posibles, es una marca de lectura que propone el autor. Este título, Los refugios, surgió hacia el final del proceso de escritura de estos cuentos, como un producto anticipado quizá, de una lectura que iba reuniendo, agrupando algunos relatos y desechando otros. Fue el título del libro el que imaginó su unidad e hizo que algunos cuentos ya escritos quedaran afuera, y que otros, más recientes, llegaran a incluirse. El cuento más viejo de este libro tiene siete años, el cuento más nuevo, tres meses.
Mi manera de escribir me hace privilegiar la escritura y no la trama. Nunca pienso en argumentos. Creo que lo que escribo son impresiones, imágenes, situaciones que al generarse ya traen una forma y sobre todo un narrador. Es ese narrador quien después va desplegando lo que sabe, va contando lo que sabe o imagina, lo que ve y siente, lo que percibe, hasta que simplemente no sabe más, y entonces deja de contar.
En ninguno de mis cuentos yo pude saber o tener escrito el final desde el comienzo (sé que la mayoría de los cuentistas, por el contrario, sí lo saben (Borges, por ejemplo, sugería eso: saber el comienzo y el final, e ir hilvanando después el nudo, el conflicto). Por eso supongo que mi manera de escribir cuentos, quizá incluso mi manera de escribir en general, se asemeja más al modelo de la poesía, entendiendo a la escritura poética como la definió Zelarayán hace algunas décadas: “La mayor tensión de lenguaje en un tiempo determinado”. Yo trato de escribir esa tensión, escribo una tensión que, por supuesto, no domino ni tampoco sé impedir o generar; y los cuentos concluyen, si es que el efecto se ha logrado, haciendo cesar la escritura, cuando también se apaga aquella tensión. Creo que por eso sólo escribo comienzos. Largos comienzos, a veces. Comienzos que voy agotando frase tras frase, oración tras oración. Como aquellas impresiones que uno debe contar una y otra vez para poder gastar la emoción, yo necesito escribir el tiempo necesario, las páginas necesarias, para digerir una primera frase (o sólo un nombre, un título) que se me ocurre incandescente.
No puedo decir que escriba sobre o acerca de nada en particular. Quisiera pensar en cambio, que sí hay un mismo tono, un clima recurrente que hasta ahora, sólo para mí, suelo caracterizar de realismo gótico. Lo que escribo tiene elementos realistas, políticos, pero tiene también elementos góticos.
A partir del surgimiento del título hubo dos aforismos que, como si fuesen escoltas, se pusieron de pie, respondiendo a quién sabe qué clase de llamado. Uno es de Pascal, y dice: “el Yo es aborrecible”. El otro es de Sartre, de su obra más conocida, y dice “El infierno son los demás”. Al encuentro, al cruce de Los refugios, salieron entonces estas dos frases, tan lúcidas como recargadas de énfasis. Mi aproximación es casi una obviedad: quizá entre lo aborrecible del Yo y lo infernal de los otros, exista un lugar para guarecerse, para permanecer y salvar la intemperie. Si es así, lo cierto es que estos personajes y narradores saben encontrar sus refugios en las cosas más diversas: en la lluvia, en el recuerdo, en un crimen, en una mujer, en un auto, en un hotel, en un sueño, en el cine, etc..
Por último, también recordé, una vez fijado el título, cuando siendo muy chico, mi padre me llevaba a entrenar al Parque de Lomas (yo jugaba al fútbol entonces). Recuerdo que íbamos después del mediodía por un camino rancio del sur, y que pasábamos frente a un hotel, un chalet de dos plantas, grande, pretencioso y anticuado, y siempre con las persianas bajas. Sólo tiempo después comprendí que era un hotel alojamiento. El lugar se llamaba así: Mi refugio. También por eso, creo, por ser mi padre, un tan genuino como fallido refugio para mí, este libro se lo dediqué a su memoria. A la memoria de mi padre.
martes, 13 de abril de 2010
Presentación de "Los refugios"
Mañana en la librería Eterna cadencia (Honduras 5574) presento mi libro de cuentos "Los refugios". Me van a acompañar dos amigos: Gustavo Ferreyra y Juanjo Burzi. Habrá música con los chicos de Oliver, copas de vino y varios "refugios".
Los espero.
Los espero.
jueves, 11 de marzo de 2010
Presentación de la colección "Sólo cuentos"
El lunes 29 de marzo en el Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543) en el tercer piso, sala Meyer-Dubrovsky, a las 20 hs. Se presentan los libros de Nicolás Correa, Prisiones terrestres; Claudio Archubi, La forma del agua y el mío: Los refugios.
Los espero.
E
Los espero.
E
martes, 2 de marzo de 2010
Vuelve Alejandría 6to año!!
En el Club Zubiría (Zubiría 435, dto. 1) se presenta Porcelanas, el libro de Yair Magrino. Los espero.
martes, 6 de octubre de 2009
Los indeseables
Lectura de Un dios demasiado pequeño, de Juán José Burzi
Entre las distintas formas de representación que asume lo dark y lo gótico, está aquella que propone a los cuerpos como sin vida. Pálido, amoratado, exangüe, o incluso herido, sangrante, con costuras o cicatrices, el cuerpo, en el universo oscuro, es uno de los principales objetos y temas narrativos. Los cuentos de Un dios demasiado pequeño, de Juan José Burzi pertenecen a dicho universo. Ya de entrada, con el relato Mil ojos, Burzi se adueña de esa zona e introduce una insistencia. La heroína de Mil ojos se enseña desnuda, fingiéndose muerta, en vitrinas interiores de un bar nocturno, para los ojos de aquellas personas “adineradas que no se conformaban con tener un vicio igual al de una persona común y corriente”. Crítica velada a la pornografía insulsa y ordinaria que propagan los “medios”, en Mil ojos también se presenta un objeto que será escrito por Burzi en el resto de sus cuentos: la inutilidad. Burzi escribe la inutilidad, escribe su devenir y sus efectos. A causa de la inutilidad, los cuerpos sirven no como portadores de sujetos sino como lugares saturados de goce. No es casual esta mirada. En la era de la producción pormenorizada, de los servicios, virtuales o no, pero siempre especializados, los personajes de Burzi, un tanto indeseables, no tienen otro rumbo que el de consumirse, lenta o precipitadamente, un poco como en aquel cuento, Sobreviviente, del libro La expedición de S. King (libro que de seguro Burzi -lo conozco- leyó hace muchos años con avidez).
Con una muy menguada, y a veces nula, fuerza de trabajo, los cuerpos de Burzi carecen de algún deseo subjetivo que los ampare. Algo de eso puede oírse en Cuando las rosas caen, cuando el narrador escribe “Sus cuerpos, heridos y rotos irremediablemente, quedaron tirados a la intemperie”. Los cuerpos, en la ciudad que Burzi delimita sin nombrar, se amontonan como se amontonan los desechos en los basurales. Mil ojos y Cuando las rosas caen forman la parte I del libro.
En la parte II, desde el comienzo de Reyna, Burzi subraya la misma insistencia: “El Hospicio San Camilo era un depósito de seres no deseados por sus familias”. En ese “depósito”, en ese trabajo del todo alienante, un poco en las afueras del mundo, trabaja como enfermero Pablo Ferrer, Ferrer se enamora de Reyna, una criatura enferma y abandonada, pasiva e inexpresiva, menos semejante a una mujer que a la cucaracha que el propio Ferrer -en una escena inolvidable- mutila, escrupulosamente, en sus ratos de ocio. (La escena del martirio de la cucaracha es una escena de valor e interés literario pleno. Desde Kafka para acá, no hay cucaracha inocente, no hay insecto que quede a salvo de aquella referencia; que Burzi le haga hacer eso a su personaje, es, probablemente, de todos los que ocurren, el crimen que más interesa en el libro).
Toda insistencia en literatura, parece reclamar una saga. Reyna, inaugura la saga de los Ferrer que se completa con los relatos Un dios demasiado pequeño y Una tarde soleada y fría.
Los últimos dos cuentos, que conforman la parte III del libro, Como gotas de polen y Un acto privado también giran en torno a la misma cárcel: el goce imperativo del cuerpo y sus rituales. En Como gotas de polen, Burzi pone a su protagonista, Virginia, una chica anoréxica sin retorno, frente al espejo, y para no evadirse del unánime punto de vista del libro, no ve mas que “un cuerpo reducido al límite de lo esencial”. En Un acto privado, cuento que cierra el libro, Burzi completa su pintura de la degradación al ubicar, al sesgo, el plano político. Porque Victor, el padre de familia que se retira a su altillo a masturbarse, erotizado por imágenes y recuerdos banales del fhürer, es un funcionario menor de algún ministerio menor argentino, que se queja, obtuso, embrutecido, porque “cada vez que había un acto, tenía que hablar con la prensa y responder las preguntas de siempre”. Si fuera por el último cuento, Burzi parecería reducir el valor de la política al valor en que la reduce nuestra clase media cuando pide (o pidió), también obtusa e ignorante, “que se vayan todos” (sin incluirse en ese todos). Pero en verdad, nunca más que en este libro, se puede detectar eso que con claridad, prefiguró el Marqués de Sade, retomó Bataille, y enseñó y esclareció, con precisa erudición Michel Foucault: que la política es la verdadera fuerza que opera siempre sobre los cuerpos (y por lo tanto influye sobre el sexo y el erotismo).
Con respecto al estilo de la escritura, hay dos líneas implícitas que se pueden distinguir; por un lado, hay un realismo gótico y a veces un realismo negro en estos cuentos. Y hay autores que se inscriben más cerca de una u otra zona narrativa. En lo gótico se oye, sobre todo, a Poe -Burzi es un especialista en la obra de Poe- pero también a sus principales y más inmediatos difusores entre nosotros; Julio Cortazar y Abelardo Castillo. Y en la tradición realista, Faulkner, Onetti, Rivera, son visibles fuentes de inspiración.
Burzi escribe a dios con minúscula. Pascal decía: El hombre sin Dios pierde la gracia. Y no hablaba exactamente del joven de barba que pintó El Greco. Es probable que Pascal siga teniendo razón. El hombre sin Dios pierde la gracia. Tantos siglos después, Juan José Burzi parece escribir detallada y oscuramente acerca de esos hombres.
Un dios demasiado pequeño -Colección Sólo cuentos- Edulp 2009
Entre las distintas formas de representación que asume lo dark y lo gótico, está aquella que propone a los cuerpos como sin vida. Pálido, amoratado, exangüe, o incluso herido, sangrante, con costuras o cicatrices, el cuerpo, en el universo oscuro, es uno de los principales objetos y temas narrativos. Los cuentos de Un dios demasiado pequeño, de Juan José Burzi pertenecen a dicho universo. Ya de entrada, con el relato Mil ojos, Burzi se adueña de esa zona e introduce una insistencia. La heroína de Mil ojos se enseña desnuda, fingiéndose muerta, en vitrinas interiores de un bar nocturno, para los ojos de aquellas personas “adineradas que no se conformaban con tener un vicio igual al de una persona común y corriente”. Crítica velada a la pornografía insulsa y ordinaria que propagan los “medios”, en Mil ojos también se presenta un objeto que será escrito por Burzi en el resto de sus cuentos: la inutilidad. Burzi escribe la inutilidad, escribe su devenir y sus efectos. A causa de la inutilidad, los cuerpos sirven no como portadores de sujetos sino como lugares saturados de goce. No es casual esta mirada. En la era de la producción pormenorizada, de los servicios, virtuales o no, pero siempre especializados, los personajes de Burzi, un tanto indeseables, no tienen otro rumbo que el de consumirse, lenta o precipitadamente, un poco como en aquel cuento, Sobreviviente, del libro La expedición de S. King (libro que de seguro Burzi -lo conozco- leyó hace muchos años con avidez).
Con una muy menguada, y a veces nula, fuerza de trabajo, los cuerpos de Burzi carecen de algún deseo subjetivo que los ampare. Algo de eso puede oírse en Cuando las rosas caen, cuando el narrador escribe “Sus cuerpos, heridos y rotos irremediablemente, quedaron tirados a la intemperie”. Los cuerpos, en la ciudad que Burzi delimita sin nombrar, se amontonan como se amontonan los desechos en los basurales. Mil ojos y Cuando las rosas caen forman la parte I del libro.
En la parte II, desde el comienzo de Reyna, Burzi subraya la misma insistencia: “El Hospicio San Camilo era un depósito de seres no deseados por sus familias”. En ese “depósito”, en ese trabajo del todo alienante, un poco en las afueras del mundo, trabaja como enfermero Pablo Ferrer, Ferrer se enamora de Reyna, una criatura enferma y abandonada, pasiva e inexpresiva, menos semejante a una mujer que a la cucaracha que el propio Ferrer -en una escena inolvidable- mutila, escrupulosamente, en sus ratos de ocio. (La escena del martirio de la cucaracha es una escena de valor e interés literario pleno. Desde Kafka para acá, no hay cucaracha inocente, no hay insecto que quede a salvo de aquella referencia; que Burzi le haga hacer eso a su personaje, es, probablemente, de todos los que ocurren, el crimen que más interesa en el libro).
Toda insistencia en literatura, parece reclamar una saga. Reyna, inaugura la saga de los Ferrer que se completa con los relatos Un dios demasiado pequeño y Una tarde soleada y fría.
Los últimos dos cuentos, que conforman la parte III del libro, Como gotas de polen y Un acto privado también giran en torno a la misma cárcel: el goce imperativo del cuerpo y sus rituales. En Como gotas de polen, Burzi pone a su protagonista, Virginia, una chica anoréxica sin retorno, frente al espejo, y para no evadirse del unánime punto de vista del libro, no ve mas que “un cuerpo reducido al límite de lo esencial”. En Un acto privado, cuento que cierra el libro, Burzi completa su pintura de la degradación al ubicar, al sesgo, el plano político. Porque Victor, el padre de familia que se retira a su altillo a masturbarse, erotizado por imágenes y recuerdos banales del fhürer, es un funcionario menor de algún ministerio menor argentino, que se queja, obtuso, embrutecido, porque “cada vez que había un acto, tenía que hablar con la prensa y responder las preguntas de siempre”. Si fuera por el último cuento, Burzi parecería reducir el valor de la política al valor en que la reduce nuestra clase media cuando pide (o pidió), también obtusa e ignorante, “que se vayan todos” (sin incluirse en ese todos). Pero en verdad, nunca más que en este libro, se puede detectar eso que con claridad, prefiguró el Marqués de Sade, retomó Bataille, y enseñó y esclareció, con precisa erudición Michel Foucault: que la política es la verdadera fuerza que opera siempre sobre los cuerpos (y por lo tanto influye sobre el sexo y el erotismo).
Con respecto al estilo de la escritura, hay dos líneas implícitas que se pueden distinguir; por un lado, hay un realismo gótico y a veces un realismo negro en estos cuentos. Y hay autores que se inscriben más cerca de una u otra zona narrativa. En lo gótico se oye, sobre todo, a Poe -Burzi es un especialista en la obra de Poe- pero también a sus principales y más inmediatos difusores entre nosotros; Julio Cortazar y Abelardo Castillo. Y en la tradición realista, Faulkner, Onetti, Rivera, son visibles fuentes de inspiración.
Burzi escribe a dios con minúscula. Pascal decía: El hombre sin Dios pierde la gracia. Y no hablaba exactamente del joven de barba que pintó El Greco. Es probable que Pascal siga teniendo razón. El hombre sin Dios pierde la gracia. Tantos siglos después, Juan José Burzi parece escribir detallada y oscuramente acerca de esos hombres.
Un dios demasiado pequeño -Colección Sólo cuentos- Edulp 2009
jueves, 1 de octubre de 2009
Martes 6 de octubre Alejandría
Leen: José María Brindisi, Marina Arias, Sasa Guadalupe, Marcelo Guerrieri, Julián Mur.
Bar Los porteñitos, Salta 135, 21hs.
Los espero!
S
Bar Los porteñitos, Salta 135, 21hs.
Los espero!
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